Lo curioso es que empiezo a oírla desde los 30 años. Y ahí comienza un problema importante, porque muchas de las cosas que atribuimos al envejecimiento no son consecuencia directa de la edad, sino de algo mucho más modificable: la inactividad física.
Hoy sabemos que existe una diferencia entre el deterioro biológico propio del envejecimiento y el deterioro por desuso. Y este último explica buena parte de la pérdida de capacidad que observamos con el paso de los años.
Muchas veces ni siquiera es el adulto mayor quien se limita. Son los hijos, la familia o el entorno quienes le dicen: «Papá, a tu edad ya no deberías hacer eso.»
Poco a poco la persona se mueve menos, sale menos, hace menos actividades y pierde confianza en su cuerpo. Entonces aparece un círculo difícil de romper:

